¡LA OTRA SALA, SEÑOR!
Doña Herminia llegó a las 7:15 con el abrigo hasta las orejas y el aliento haciendo nubecitas. Detrás venía su hermana, Doña Carmen, con el mismo refunfuño de todos los martes. —Señor, esto parece Siberia. ¿No podían poner la calefacción antes de las ocho?
El pasillo del ambulatorio olía a café de máquina y a desinfectante frío. Yo llevaba diez minutos mirando la pantalla de turnos como si de ella dependiera algo más que una cita. BT85. Mi turno. No aparecía.
—Ya son las 7:40 y nada —murmuré.
Doña Herminia me oyó y decidió abordarme sin pedirme permiso. —El primero que se queja del frío gana un disgusto, joven. Mi hermana y yo llevamos cuarenta años viniendo aquí. Antes nos llamaban a gritos. Si no respondías, perdías el turno. Esto es lujo.
La pantalla avanzó: BT82, BT83, BT84… BT86. —¿Y el 85? —pregunté sin querer.
El auxiliar levantó la vista, cansado. —A veces se cuelan. Vaya a la otra sala, señor. Sala 3. Pregunte por la doctora Roíz.
“La otra sala”. Siempre suena a sitio donde pasan cosas que no están en el guion.
La Sala 3 estaba al fondo, con la puerta entreabierta. Dentro, una mujer de unos cincuenta años tecleaba sin prisa, como si el tiempo allí fuera distinto. —Tú debes ser el BT85 que se perdió —dijo antes de que yo hablara—. Soy la doctora Roíz.
Me hizo sentar. Me preguntó el nombre dos veces, como si quisiera asegurarse de que yo también estaba allí. Mientras revisaba mi historial, me explicó que los martes el sistema se atasca porque falta personal. —La pantalla os tiene a todos en vilo. Es lo malo de convertir la espera en números. Aquí no hay números. Hay gente.
Me auscultó, me habló de la rodilla sin palabras de sentencia y me acompañó a la puerta. —Si te vuelve a pasar, vienes directo. Y dile a Doña Herminia que hoy hace menos frío que ayer. Se lo prometí.
Al salir, las hermanas seguían en su sitio, ahora quejándose de que el café estaba aguado. —Señor —dijo Doña Herminia—, ¿te atendieron al final? —Sí. En la otra sala.
—Ah —respondió, como quien resuelve un misterio antiguo—. La doctora Roíz. Esa mujer derrocha gentileza. Por eso siempre está llena la Sala 3 y vacía la Sala 1.
La pantalla cambió a BT87. Doña Carmen se levantó despacio. —Que dure, porque si se jubila, aquí nos congelamos de verdad. Del frío y del genio.
Se alejaron hacia el mostrador, comentando que mañana volverían, porque el martes toca control y porque, en el fondo, la pantalla y el frío son excusas para salir de casa y contarse la vida.
Me quedé mirando la puerta de la Sala 3, ya cerrada.
Supongo que algunos turnos no aparecen en la pantalla porque no deben esperar su turno para ser vistos.
JACA, Santander, octubre 2026
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Author: Jorge A. Capote
