CARTA DE UN AMIGO ANTES DE MORIR…
Querido amigo.
Ayer, ¡qué día el de ayer! Todo me salió mal. ¿Cómo voy a esperar que sea de otro modo? A punto estuve de perder una lentilla. En fin, no pasó. Vine al locutorio, redacté una carta larga para ti, pero desapareció del ordenador antes de poder enviártela.
La había escrito por la misma necesidad de siempre: contar cómo va devorándome esta situación kafkiana. El absurdo, la absoluta incomprensión. Ayer volvía a enfrentarme a mi pasado y a mi presente de inmundicia, y se hacía más firme en mí la incapacidad de soportar este naufragio, esta soledad en un país que me humilla, me ofende, me destroza.
Son las celebraciones de San Juan de Dios, y los «hermanos» quieren exhibir las glorias de su labor humanitaria. Han presentado un informe con el recuento de esa labor desde 1876 hasta hoy. Yo llevo dentro otro recuento, uno que no sale en ningún informe.
Aquí, en Ciempozuelos, todavía hay pacientes con la espalda marcada por los latigazos de los frailes. «Laborterapia», lo llamaban, cuando era esclavitud disfrazada de caridad. Bromuros, sangrías, baños helados, sillas giratorias, cocaína, belladona: un siglo entero ensayando con nuestros cuerpos como quien ensaya con animales de laboratorio.
Y luego los «avances». Mil doscientas personas en un solo año llevadas cincuenta, sesenta veces a las puertas de la muerte con comas insulínicos, porque alguien creyó que así se curaba la locura. El electroshock, más barato, más rápido, aplicado sin compasión y con un aparato que no distinguía entre tratar y castigar. Y por fin la lobotomía, ese «sublime éxtasis» del delirio médico: un bisturí en el cerebro para apagar a un ser humano y llamarlo cura.
Aquí trabajaron hombres que se creyeron sabios. Uno buscó en la sangre de los vencidos un «gen rojo». Otro se enorgullecía de haber lobotomizado a quienes él llamaba «desviados», como si el bisturí pudiera enderezar un amor. A los dos los recuerda la historia oficial como grandes doctores. A las víctimas no las recuerda nadie.
Porque de eso se trata, amigo: la psiquiatría, cuando se pone al servicio del poder —el de un papa, el de un dictador, el de un estado que decide quién piensa demasiado o ama de forma distinta— deja de ser medicina y se convierte en policía con bata blanca. En Alemania fueron los locos los primeros hornos. En la Unión Soviética fueron los disidentes encerrados como enfermos por pensar libremente. Aquí fuimos nosotros, los que sobramos, los incómodos, los pobres, los distintos.
No sé si esta carta llegará esta vez. No sé si habrá una próxima. Pero quería que alguien, fuera de estos muros, supiera que aquí dentro no solo se cuidan locos: también se fabrican, se doblegan, se apagan.
Un abrazo, amigo. Si esta es la última carta, que sirva al menos de testimonio.
Juan
P.D. Nada de lo que te cuento es invención: los latigazos, los comas insulínicos, el electroshock, la lobotomía y los médicos que los aplicaron con orgullo están documentados en la propia historia de este sanatorio y de la psiquiatría del siglo XX. Solo he cambiado la voz que lo cuenta.
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Author: Jorge A. Capote
